La felicidad, un estado, no una meta…

¿Existe una receta para la felicidad? ¿Es posible un mundo feliz? Este artículo explora diferentes miradas sobre el tema más fundamental de nuestra existencia.

Por J. Cristóbal Juffe V.

Parece absurdo creer que existen recetas para la felicidad, porque si las hubiera y las conociéramos, ¿no seríamos todos felices? Pero lo cierto es que sí existen recetas para la felicidad, las escuchamos todo el día, la publicidad las conoce perfectamente.

Las recetas están sonando en la radio y en la televisión: Los avisos de tarjetas de crédito nos dicen que el dinero no hace la felicidad, al igual que los avisos de los malls ya no venden productos sino momentos de felicidad: Personas riendo, madres y padres paseando con sus hijos dentro de un centro comercial. Las claves para llegar a la felicidad están muy claras: Las agencias de publicidad detrás de cada uno de los productos que nos ofrecen conocen perfectamente cuáles son las necesidades esenciales del ser humano.

El marketing consiste básicamente en asociar un producto que deseamos vender a una necesidad humana. Se define un grupo objetivo, se reconocen sus principales necesidades y, de manera mágica, el producto que nos ofrecen y la necesidad se transforman en siameses inseparables.

Así, tenemos a bancos que nos ofrecen protección; centros comerciales que parecen ser el mejor lugar para compartir nuestros afectos; teléfonos celulares y computadores que están listos para satisfacer nuestra necesidad de entendimiento, participación y libertad; cadenas de comida rápida que no solo nos ayudan a subsistir sino además nos entregan el preciado espacio de ocio; herramientas, máquinas y software que parecieran ser la mejor forma de crear, construir y expresarnos; compañías y sitios web que nos dan la oportunidad de pertenecer a sus “clubs” de tarjetas y descuentos que, sin darnos cuenta, apuntan a nuestras necesidades de identidad.

Estamos llenos de recetas para la felicidad y cada día, todos nosotros, las seguimos al pie de la letra.

Satisfactores

Cuando se habla de necesidades es especialmente interesante el planteamiento realizado por tres de los próceres de la sustentabilidad en Chile: Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn en su libro “Desarrollo a escala humana”, que ya tiene más de 25 años pero cuyos planteamientos están más vigentes que nunca.

“Incluso si tienen un grandioso departamento en el piso 100 de un edificio supermoderno y cómodo, si dentro de ustedes están profundamente tristes lo único que vas a querer es una ventana por donde saltar”. Dalai LamaEllos explican que nuestro modelo económico se basa en la premisa de que las necesidades son ilimitadas; sin embargo, al parecer, hay una confusión entre las necesidades y los satisfactores. Los autores proponen que las necesidades serían limitadas, específicas y no variarían mayormente entre una cultura y otra. Por otra parte, los posibles satisfactores para esas necesidades son casi infinitos.

Lo que vemos diariamente en la publicidad es la asociación entre una necesidad básica humana y un satisfactor específico, y la idea principal del aviso es convencernos que el producto que vende es la mejor (y a veces única) forma de satisfacer esa necesidad.

Acorde con esto, se plantea que existen nueve necesidades humanas: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Así, por ejemplo, la comida y el abrigo no serían necesidades en sí mismas, sino que serían satisfactores de la necesidad de subsistencia.

Como existen muchos satisfactores, hay algunos que responden a las necesidades de mejor manera que otros; por ejemplo, una hamburguesa de comida rápida, a pesar de que puede ser muy atractiva, no es necesariamente un buen satisfactor de la necesidad de subsistencia, ya que no entrega la alimentación equilibrada necesaria para la salud. Estos casos son llamados pseudo-satisfactores y se caracterizan porque quitan la posibilidad real de satisfacer la necesidad. Un ejemplo clásico es la máquina de ejercicio que todos tienen guardada juntando polvo en algún clóset de la casa: Esto se compró cuando existía una necesidad real que se satisfaría realizando ejercicio, pero ésta se pseudo satisfizo simplemente comprando un objeto.

Nuestras necesidades

¿Cómo se relaciona esto con la felicidad? Algo esencial para alcanzar la felicidad es satisfacer nuestras necesidades, no solo las básicas, sino todas nuestras necesidades, y esto tiene directa relación con los satisfactores, ya que cuando hablamos de ser felices no se trata de “qué” hacemos, sino “cómo” lo hacemos y cómo lo obtenemos.

Matthieu Ricard es un monje budista conocido como “el hombre más feliz del mundo”, ya que en un estudio realizado hace unos años en la universidad de Wisconsin, en EEUU, se midió la felicidad mediante la actividad cerebral de los individuos, y él fue la persona que obtuvo los más altos resultados.

¿Qué tiene Ricard que lo convierte en el hombre más feliz del planeta? ¿Mucho dinero? ¿Una gran mansión? ¿Un auto último modelo? ¿Un harem de mujeres atractivas? No, por el contrario, él ha pasado muchos años de su vida meditando en una habitación de dos metros cuadrados sin ningún objeto material, excepto aquellos para satisfacer sus necesidades más básicas.

A partir de su experiencia, el monje comparte dos elementos esenciales sobre felicidad:

– No debemos confundir la felicidad con el placer: El placer depende de un objeto, un sujeto, lugar y circunstancias. Mientras que el primer pedazo de torta nos dará placer, el octavo nos dará asco y el décimosegundo nos enfermará. El placer es interno y se vive interiormente: Puedes sentir placer al lado de alguien que sufre.

– La felicidad es cultivable: Ricard nos dice que es una capacidad mental, que se entrena, y es lo que hacen los monjes al meditar: Aprender un estado mental de felicidad. Por lo tanto, nos dice que al igual que entrenamos nuestros músculos en un gimnasio o nuestros cerebros con ejercicios matemáticos en el colegio, podemos enseñar a nuestras mentes a producir felicidad, a cultivar un estado interior que se refleje hacia el exterior y que contagie a todas las personas que nos rodean.

Felicidad sintética

Otro personaje que plantea una mirada interesante sobre la felicidad es el psicólogo Daniel Gilbert, quien sostiene que existen dos categorías de felicidad: La que llamamos “real”, que obtenemos cuando logramos lo que deseamos, y una que él llama “sintética”, que podemos generar en nuestro interior cuando las decisiones que tomamos no nos llevan a lograr lo que deseamos.

Todos conocemos la felicidad sintética; es aquella que obtenemos cuando no nos contrataron en el trabajo que estábamos postulando y decimos: “En realidad, ese trabajo no era para mí, estoy mejor aquí”. Es esa extraña iluminación que obtenemos al día siguiente de que fuimos dejados por nuestra pareja: “Justo me di cuenta de que ya no la quería”. Es la sensación de alivio que vivimos cuando nos enteramos de que para el recital al que queremos ir no quedan entradas para cancha y solo hay para galería: “En realidad, es mejor estar sentado”.

Inmediatamente a uno le surge la pregunta: ¿Es eso felicidad? Porque ocurre que en nuestra sociedad se valora y enaltece la felicidad “real” y se desprecia la felicidad “sintética”, ya que el modelo económico lo necesita, porque los supermercados y los mall center no se llenan de personas que “no obtienen lo que quieren”, sino al contrario, los consumidores se abalanzan sobre bienes y servicios para encontrar satisfacción.

Gilbert desarrolló algunos experimentos en los que demuestra que una persona que ha ganado la lotería y otra persona que ha sufrido un accidente que lo ha dejado cuadripléjico, después de un año de ocurrido el evento tienen el mismo nivel de felicidad. Es decir, ni hacerse millonario ni perder la movilidad de gran parte de su cuerpo ha modificado sustancialmente el nivel de felicidad de estos individuos. Por lo tanto, la felicidad, al parecer, no dependería de estos factores externos.

"El dinero no da la felicidad, pero produce una sensación tan parecida, que sólo un auténtico especialista podría reconocer la diferencia". Woody Allen

Felicidad y sociedad

Cada vez que alguien dice que la felicidad es un estado interior y que depende de cada uno, de manera inevitable surge la pregunta (completamente válida): ¿Me vas a decir que el hecho de que sean infelices los niños que se están muriendo de hambre en África es un problema de ellos? Claro que no.

Y como señalaba Ricard, la felicidad es un estado que se contagia y se relaciona con los demás; no se puede ser realmente feliz mientras alguien sufre a tu lado, por lo que la felicidad implica, además, acción. Es decir, y para ello tomo las palabras de Annie Leonard del documental “La historia del cambio”, el cambio personal es un excelente punto para comenzar pero es un terrible punto para terminar.Porque no toda la felicidad depende de uno, sino gran parte de ella. Una vez que tenemos las necesidades básicas (realmente básicas) cubiertas, el resto depende de cada uno.

Para explicar esta idea, tomaré las clasificaciones de la Psicología Positiva sobre los tipos de felicidad, que sostiene que serían tres:

– Vida placentera: Es el nivel más superficial de felicidad y vendría a ser lo que anteriormente expliqué como placer. Es decir, depende de un elemento externo.

– La buena vida: Segundo nivel de felicidad, que se refiere a cuando disfrutamos haciendo algo en lo que somos buenos. Esto requiere, en primer lugar, conocernos lo suficiente para identificar qué nos gusta hacer y después requiere del acceso a oportunidades para poder realizarlo.

– La vida con sentido o significado: Tercer nivel, que consiste en poner nuestras virtudes o habilidades al servicio de una causa que sea sentida como superior y que va más allá de uno mismo. Se trata de encontrar una motivación vital.

Por lo tanto, cuando analizamos las decisiones que hemos tomado como sociedad, en general nos encontramos con que nos hemos centrado enormemente en el primer tipo de felicidad, levemente en el segundo pero casi nada en el tercero.

Cada día podemos encontrar cientos de oportunidades (si tenemos el dinero suficiente) para experimentar situaciones placenteras, mientras que rara vez las personas nos cuestionamos si nos gusta lo que estamos haciendo, quizás porque estamos en una situación de precariedad tal (trabajos inestables, sin sistema de salud seguro, grandes deudas, etc.) que simplemente nos levantamos en las mañanas y hacemos “lo que tenemos que hacer”.

Para mí, un excelente indicador de felicidad es la pregunta que cada uno puede hacerse: ¿Cómo te levantas cada mañana? ¿Despiertas alegre por lo que tienes que ofrecer al mundo en el día que comienza o te sacas a la fuerza de la cama para cumplir con tu deber?

Felicidad comprable

Un experimento interesante realizado por el psicólogo Michael Norton plantea que la felicidad sí se puede comprar, pero no de la forma que lo creemos habitualmente: Entregaron una cantidad determinada de dinero (podían ser 5 o 100 dólares) a diferentes personas, en diferentes países. A unas personas les daban la instrucción de que tenían que gastar ese dinero durante ese día comprándose algo para ellos mismos, a otros les decían que debían usar ese dinero en el transcurso de la jornada pero gastándolo en otras personas.

¿Cuál fue el resultado? Sin importar la cantidad de dinero que se les entregó o el país donde se realizó el experimento siempre obtuvieron el mismo resultado: Las personas que gastaron el dinero en ellos mismos no se sintieron especialmente felices, pero aquellos que lo gastaron en otras personas sí experimentaron niveles significativos de felicidad. Es decir, el dinero sí nos puede ayudar a ser felices, siempre que lo gastemos en otros.

Las recetas de la felicidad suenan todo el día en la radio y en la televisión: comparte con tus seres queridos, disfruta de las cosas simples, comunícate, crea… El punto es que no requerimos el producto que anuncia, tenemos a nuestro alcance todo lo que necesitamos para ser felices. Solo necesitamos salir de la ilusión, la adicción y el miedo que nos generan los pseudo satisfactores: Sé feliz y luego, para aumentar tu felicidad, encárgate de que otros sean felices.

Hackeando a Maslow

Hace más de 50 años, el psicólogo humanista estadounidense Abraham Maslow planteó una pirámide de necesidades de 5 pisos: Fisiología, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización, ordenadas desde la base a la punta, y señalaba que solo se buscaba satisfacer las necesidades superiores en la medida que se han satisfecho las necesidades que están más abajo. Así, solo podemos pensar en nuestra necesidad de seguridad cuando hemos resuelto las necesidades fisiológicas como respirar y comer, por ejemplo.

Sin embargo, cuando miramos nuestra sociedad y vemos los países “más desarrollados” que supuestamente tienen satisfechos más pisos de la pirámide, vemos que la felicidad no aumenta de forma proporcional al mayor acceso a bienes y servicios.

Para alcanzar la felicidad, ¿es necesario todo el gasto de recursos que hacen los países “desarrollados”?

Un “hack” es un atajo, una forma de hacer más eficiente un sistema. Nuestro planeta no tiene recursos suficientes como para que todos los seres humanos alcancen el estilo de vida promocionado por la publicidad y experimentado en la actualidad por el pequeño porcentaje más rico; por lo tanto, tenemos que buscar otra forma de satisfacer nuestras necesidades, una más eficiente, sustentable y equitativa.

Y lo más interesante es que si nos enfocamos en satisfacer las necesidades superiores de la pirámide, en vez de ir paso por paso, automáticamente podemos encontrar respuestas/satisfactores a las otras necesidades. Es decir, si damos un sentido a nuestra vida, si cultivamos nuestra capacidad de ser felices (como dice Mathiew Ricard), podemos alcanzar directamente un estado de plenitud.

Tomando una maravillosa frase de Krishnamurti que leí en esta misma revista, “La libertad está al principio, no al final”, los invito a aceptar que la felicidad no es una meta que se alcanza después de mucho esfuerzo, sino un estado con que se da el primer paso del camino. Los invito a vivir en la cima de la pirámide. 

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